… the day that never comes …

Anoche llegué a casa escuchando “THE DAY THAT NEVER COMES”, de Metallica (regalo de mi amigo Natreg, muchas gracias). Me siento identificada con la mayoría de sus canciones, como si describieran lo que estoy sintiendo en cada momento. Además la voz desgarradora de James Hetfield me eriza la piel. Durante mucho tiempo tan sólo me encontraba aliviada escuchando música, como si sólo me comprendiese una canción.

Con doce o trece años para mis profesores era la niña modelo que nunca rompía un plato, trabajadora y responsable, la que todo lo hacía perfecto. Para el resto de mis compañeros era la gorda empollona de turno. Me odiaban. Y yo no era feliz. Pero jamás se lo dije a nadie, porque tenía esperanza de que tan sólo fuera una mala racha. “Algún día seré feliz”. Algún día… Día tras día me repetía la misma frase, todos los días esperaba que algo cambiase en mi vida. Estaba convencida de que mi futuro sería perfecto.

Después, poco a poco dejé de comer, y pensaba que algún día iba a ser perfecta. Controlaba mi apetito repitiéndome a mí misma que algún día llegaría a ser tan delgada y tan guapa que ya no volvería a sufrir nunca más. Algún día triunfaría, y todos mis esfuerzos tendrían su resultado. Llegaría el día en el que sería feliz para siempre. Marqué mi meta en x kilos, pero cuando llegué a ese peso, resulta que yo no era feliz. Yo ni siquiera me veía guapa, ni delgada… seguía siendo una niña triste y acomplejada. El día de mi sueño llegaría cuando adelgazara más, mucho más.

Aquel día nunca llegó. Acabé llorando, vomitando sangre cada día, viviendo a costa de tranquiizantes, odiándome. Me diagnosticaron depresión, ansiedad y un trastorno de la personalidad de tipo dependiente… y aún así seguía esperando el día en el que consiguiese quererme a mí misma, ser feliz de una vez.

Dejé de ser yo misma. Esa no era yo. Todo lo que hacía estaba predeterminado por mi condición de enferma mental. Incapaz de defenderme, incapaz de mostrar mi opinión, incapaz de todo, tan vulnerable… Me miraba al espejo y no me encontraba en él. Me había perdido en mi locura. Y aún así seguía pensando que tarde o temprano ese día llegaría.

Ahora comprendo que la felicidad no es algo que se pueda conseguir a largo plazo. Hoy hace un día maravilloso para ser feliz.

Publicado en on Octubre 18, 2008 at 10:38 am Comentarios (5)
Tags: , ,

… es difícil parecer normal cuando en realidad quieres ser perfecta …

No recuerdo bien cómo empezó todo esto. Yo era la niña educada, la niña obediente, la niña buena. Hacía todo lo que me ordenaban, el ojito derecho de los profesores. Era la niña perfeccionista que sacaba sobresalientes y aspiraba a metas casi inalcanzables, y como es de imaginar, corría el riesgo de no ser aceptada por el resto de la sociedad estudiantil, y así era. Era una chiquilla solitaria y marginada, pero no me importaba. Tenía mis estudios, mis libros, mis sobresalientes… y todo aquello  me hacía sentir que destacaba sobre los demás, que tenía algo que ellos no tenían, y pensaba que algún día llegaría lejos.

 

Mientras, las niñas de mi edad iban creciendo y entraban en la etapa de la pubertad. Cambiaban sus muñecas por sostenes, y sus películas de dibujos por revistas para adolescentes. Los amoríos y los chicos se habían convertido en su principal tema de conversación. Y yo, ni siquiera me había dado cuenta de que todo en mi alrededor estaba cambiando, y que yo permanecía inmutable, jugando con mis muñecas y con mi consola. Yo seguía siendo una niña, y no quería crecer aún. ¡No! A mí no me interesaban los chicos, ni los cantantes, ni dibujaba corazones en la libreta de matemáticas. Pero yo era feliz así.

 

Y fui feliz, hasta que llegó el momento en el que las niñas quisieron demostrar ser “mujeres adultas”, y se apoderó de toda nuestra generación una enorme preocupación por la belleza femenina, el predominio de lo estético. Y, como si de un movimiento sectario se tratase, la ropa, la depilación, el maquillaje, los perfumes y la última moda se adueñaron de las mentes de aquellas jóvenes. Y yo, hasta entonces, jamás le había dado nada de importancia a mi físico. Vestía con mi pantalón de chándal, mi camiseta de algodón con el nombre de alguna ciudad, y me recogía el pelo todo peinado para atrás. Me habían salido ya un par de granitos en la cara, aunque mi cuerpo era todavía el de una niña. Me gustaba comer, era mi placer, y mi cuerpo aprovechaba esas calorías en forma de grasa acomodada en mi cintura. No, no tenía un físico espectacular, de eso no había ninguna duda, pero me aceptaba tal y como era. Sin embargo, pronto mi propia aceptación comenzó a torcerse, frente a la necesidad de introducirme en aquel nuevo mundo tan desconocido para mí.

 

Tenía trece años y pronto iba a comenzar el institituto. Iba a cambiar de centro y eso suponía que íbamos a compartir clase con mucha gente que no conocíamos aún, y esa idea nos hacía estremecer ilusionadas. Era frecuente escuchar los típicos “¡qué bien lo vamos a pasar cuando entremos en el instituto!”. Y yo lo creía. No tenía miedo porque aún confiaba en mí, no me avergonzaba ser la niña modelo que siempre había sido, y creía, realmente estaba convencida, de que sería una de las mejores épocas de mi vida. ¡Qué equivocada estaba!

 

Cuando llegué a aquella cárcel de adolescentes testoteronizados y estrogenizadas hasta las orejas, rebeldes conformistas, ídolos de masas… Todo el mundo parecía ser un clon de otro. Eran crueles, y no era de extrañar, tan sólo imitaban a sus superiores, tan sólo se comportaban como lo hace normalmente medio mundo. Eran niños jugando a ser adultos, lo que ellos consideraban “rebeldía” no era más que una ligera similitud de las cosas que hacen las personas “maduras”. No asistían a clase, se besaban quince minutos con alguien en cualquier portal, fumaban tabaco y porros, bebían, se quejaban, gritaban, todo el mundo sabía hacer bien su papel.

 

Y en medio de todo eso, me había quedado yo. Para mí todo eso era totalmente nuevo, desconocido. El mundo había cambiado de repente de la noche a la mañana y me había pillado desprevenida. Me había convertido en el típico ratón de biblioteca solitario, siempre al margen, siempre con mis libros de vete tú a saber qué cosas, rara, introvertida, niña de pocas palabras, inocente e indefensa. Una persona débil que se reconoce tan a simple vista es un blanco perfecto para cualquier persona sin valores morales… y !oh la la! ¡estábamos en el instituto!  Sabía que si no hacía lo que me pedían me insultarían y yo me sentiría mal. Me llamarían GORDA, o GORDA DE MIERDA, o me soltarían con: “a ver si adelgazas, vaca”. Y el resto de la clase reirían como si les hubiesen contado el chiste de su vida. No podía permitir sentirme humillada de esa manera, así que me convertí en la típica niña que siempre hacía los deberes de todos, que siempre prestaba los cuadernos, la que permitía que le copiasen los trabajos.

 

Yo era consciente de que se estaban aprovechando de mí, y no me gustaba. Así que pensé que quizá si adelgazaba un poco dejarían de meterse conmigo, dejaría de ser la niña ridícula y hortera que era, incluso puede que me hicieran un hueco en ese mundo. Tenían razón en una cosa: estaba gorda. Ya no estaba conforme con mi aspecto físico, no me sentía bien. No me gustaba. Estaba decidia a cambiarme.

 

Empecé con el almuerzo: si antes almorzaba algún bollo o algún bocadillo, lo sustituí por zumos sin azúcar. Se acabó el picar entre horas, se acabaron los refrescos que no fueran light. Pero el tiempo pasaba y no estaba perdiendo los kilos que yo quería perder. Había que tomar una solución más radical, así que eliminé completamente el almuerzo. Vestía con prendas anchas y oscuras, para disimular mejor las imperfecciones de mi cuerpo, para no sentirme avergonzada. Me miraba en todos los espejos, como si por arte de magia un día alguno de ellos me fuese a devolver la imagen que yo esperaba. Pero siempre veía a la misma muchacha rellenita que odiaba, siempre el mismo cuerpo. Me escondía en la biblioteca y hacía una lista de todo lo que había comido, las calorías, lo que había perdido, los ejercicios que había hecho. La comida se había apoderado de mi pensamiento. Mi obsesión.

 

No. ¿Por qué no me veía más delgada? Era de extrema urgencia eliminar otra comida. ¿La cena? Perfecto. Tenía que ser fuerte y soportar el hambre, demostrar que podía hacerlo. Autoexigencia sobre todo, no aceptaba cometer ningún error, me negaba a fracasar. Si tenía hambre, bebía agua (dos o tres litros de golpe eran suficientes para no sentir esa horrible sensación), o mascaba chicle, cualquier cosa que me mantuviese entretenida. Cremas anticelulíticas, mallas reductoras, bolsas de plástico debajo de la ropa para sudar,… cualquier cosa era válida.

 

Mi régimen diario era un café solo y con sacarina por las mañanas y un plato pequeño de lo que fuera al mediodía. Deporte, abdominales, flexiones, ir a todos los lados corriendo y sobre todo, no permanecer inactiva. Estaba completamente obsesionada, pero me pasaba casi todo el día estudiando sola, y no tenía amigas íntimas que pudiesen notar nada, así que no llamaba la atención. O eso creía yo …

 

Algunas personas empezaron a preguntarme cosas sobre mi aspecto : “¿estás bien?”, “¿comes bien”, “¿cómo has adelgazado tanto?”. Algunos profesores me detenían en el pasillo, o a la salida de clase, y me comentaban que les parecía que había perdido mucho peso, que se me notaba decaída, que si comía, que si de verdad estaba comiendo… Yo siempre les sonreía, y les decía: “estoy bien, gracias, de verdad, por supuesto que como”. Y esos interrogatorios, en el fondo me hacían sentir feliz, porque sabía que por fin mis esfuerzos habían servido para algo… y que tenía que seguir así, conforme lo estaba haciendo. Un círculo vicioso del que ya no podía escapar.

 

Y pronto empezaron los mareos, las pérdidas de conocimiento, el frío…. siempre hacía frío. Pero yo seguía odiando mi cuerpo, odiándome a mí. Cada espejo se convertía en mi cárcel. En los últimos meses ya había dejado de relacionarme socialmente. Me daba vergüenza que me viesen, y solía refugiarme en casa, en mi cuarto, sola. No hablaba ya casi, pues temía obtener una burla o un insulto por respuesta, y tan sólo era capaz de decir “sí”, y “no”, y quizás un “vale”. Ya era demasiado tarde…

 

No podía seguir fingiendo… ya se notaba demasiado. Perdía el sentido y caía desplomada al suelo. Hasta que un día mi madre me llevó engañada al médico, alegando que se preocupaba por mis constantes desmayos. Aquella consulta se me quedó grabada en la cabeza:

 

- Médico: ¿Qué ocurre?-

- Yo: Es que… me mareo -

- Médico: Yo también me mareo….-

- Yo: Pero yo me desmayo y me caigo al suelo -

- Médico: ¿Caes al suelo? ¡Qué fuerte! Pues no sé…. te mandaré unos análisis a ver si te falta hierro -

 

Mi madre intervino: No come, bebe muchísima agua, se fija en las calorías de todas las comidas, siempre está mirando la información nutricional de todos los paquetes,…

- Médico: ¿eso es cierto?

- Yo: no.

- Médico: ¿qué comes? (Se sacó un cigarro y lo encendió) Por ejemplo, dime qué comiste ayer.

- Yo: ayer… desayuné un café, comí un plato de arroz y cené una pechuga de pollo a la plancha.

- Médico (mirando a mi madre): A mí me parece una comida normal…

- Mamá: ¡Ayer fue un extra!

- Médico (a mi madre): Bueno, si vemos que sigue así y se sigue mareando, la traes otra vez. Yo le mando unos análisis.

 

Salí de la consulta y lo primero que pensé fue cómo mi madre había sido capaz de hacerme eso. Ahora, jamás conseguiría mi meta, ¿cómo podía haberme engañado mi madre de esa manera? Me enfadé, me enfadé tanto que le dije entre gritos y lágrimas que no volvería a comer nunca más, y que no pensaba volver al médico en mi vida. Bueno, la verdad es que para que me atendiera ese proyecto de persona sin vocación preferiría que me atendiese un mono con bata, pero bueno, ineptos hay en todas partes, y si no fijémonos en mein Führer…. XD.

 

A partir de ahí, tengo que reconocer que todo me fue mejor. La gente parecía más simpática, o al menos, no tan cruel. Ya me trataban como a una persona normal. Sin insultos, sin risas, sin burlas. Era obvio: mi plan había empezado a funcionar. ¡Y de qué forma! Mis compañeras me preguntaban frecuentemente qué tenían que hacer para perder peso, pero yo nunca les decía nada, porque no quería que se adueñasen de mi secreto, de lo que yo había descubierto, de mi tesoro. Me sentía como si nada pudiese pararme, que podía conseguir todo lo que me propusiera. Y dentro de mí, me repetía constantemente: “Esto no ha hecho más que empezar”. Y estaba convencida de que tenía que seguir para adelante, que había descubierto la forma de ser perfecta, de conseguir el éxito. Era feliz. Había logrado controlar el hambre, y el mundo me había premiado, la sociedad me aceptaba, no por ser inteligente, ni por ser buena persona, ni por no discutir con nadie… la sociedad me aceptó porque había adelgazado. Hagamos un inciso: no estoy hablando de las pasarelas, ni del mundo de la moda, ni de Hollywood. Estoy hablando del mundo normal, de la sociedad normal, de tu tía, de la vecina del primero, del panadero, de la Mari, del cuñao de la Mari… La gente normal me aceptó por un cambio de físico. ¿Quién favorece los trastornos de la conducta alimentaria? ¿Cibeles tiene toda la culpa?

… S.G.L. …

Antes de ocuparme de este personaje, me gustaría aclarar una cosa que creo que ninguno de vosotros la ha pensado (o sí). Muchos de vosotros habéis excusado vuestros insultos hacia mí mediante el típico “los conozco personalmente y son incapaces de hacer eso”. Ante esa patética afirmación, yo tengo algo que decir, y es que: yo también los conocía y también pensaba que eran incapaces de hacer eso. Si hubiera imaginado que me iban a hacer tal barbaridad, no habría estado aquella noche allí. Como si todo el mundo supiera de antemano quién va a violar a quién. Por favor, usad un poco eso que tenéis encima de los hombros y que sirve para algo más que para pegarle golpes a las pelotas, a lo que yo y el resto del mundo solemos llamar cabeza y hay algunos que a pesar de todo, incluso se atreven a llamarlo mente.

Ahora, me ocuparé de este personaje tan “digno” de ocupar la cabecera de una de mis “fantásticas” historias. Bueno amigos, estamos en Balonmanolandia, donde la fantasía nos mantiene con la cabeza muy alejada de la realidad y todo se convierte en supercalifragilisticoespialidoso.

Bueno, este S.G.L. es un una especie de líder que vive en un universo paralelo donde puede ejercer su poder absoluto sin necesidad de respetar a nadie. Eso sí: todo el mundo tiene libertad de expresión mientras su opinión sea la misma que la de él. ¡Qué solidario es este chico! ¡Cuánta justicia se respira! ¿He comentado ya que este “grandioso universo”, este mundo donde él vive aislado de los mortales, es ….. UN FORO? Sí, amigos, sí. Y si alguien decide osar a nuestro líder, dando su opinión… entonces, le hará lo peor que le puede ocurrir a un mortal en Balonmanlandia: LO BANEA.

Por cierto, mirad lo que acabo de encontrar navengando por internet: trastornos de la personalidad. El narcisismo:

Personalidad narcisista

Las personas con una personalidad narcisista tienen un sentido de superioridad y una creencia exagerada en su propio valor o importancia, lo que los psiquiatras llaman “grandiosidad”. La persona con este tipo de personalidad puede ser extremadamente sensible al fracaso, a la derrota o a la crítica y, cuando se le enfrenta a un fracaso para comprobar la alta opinión de sí mismos, pueden ponerse fácilmente rabiosos o gravemente deprimidos. Como creen que son superiores en las relaciones con los otros, esperan ser admirados y, con frecuencia, sospechan que otros los envidian. Sienten que merecen que sus necesidades sean satisfechas sin demora y por ello explotan a otros, cuyas necesidades o creencias son consideradas menos importantes. Su comportamiento es a menudo ofensivo para otros, que les encuentran egocentristas, arrogantes o mezquinos.

Extraído de: http://www.msd.com.mx/publicaciones/mmerck_hogar/seccion_07/seccion_07_089.html

Ejem, ejem….

Seguimos con este sujeto. S.G.L. se puso en contacto con un forero que intentó defenderme, y esto fue lo que le dijo:

 

Sergi: por que hablas asi de JAbato ?
(22:28) solo e dicho mi opinion
(22:28) a muchos no le gustara y a otros si
(22:28) Sergi: tu opinion ? lo conoces personalmente ?
(22:29) no soy intimo amigo de el
(22:29) Sergi: ni intimo ni nada
resulta que lo conozco bastante bien
(22:30) Sergi: y no tienes derecho a hablar asi de el…de verdad no entiendo como puedes escribir asi de alguien
(22:30) pues simplemente x lo k conozco de el
lo poco k conozco no es nada bueno
(22:31) Sergi:

de que ? has hablado con el? tienes alguna relacion ?
suficiente ha pasado este chaval para que tu sin conocerlo hables por hablar

Comentario: yo tampoco entiendo cómo puedes hablar tú así de mí sin haber hablado conmigo, sin tener ninguna relación conmigo y suficiente he pasado yo para que tú sin conocerme hables por hablar.

(22:32) pues no
tu tendras tu opinion
defenderas a jabato
pues mi caso es el contrario y ya esta
(22:33) 2 posturas diferentes y punto
(22:34 Sergi: no tengo mi opinion…solo se lo que sucedió y como lo ha pasado este tio…no son dos posturas diferentes..tu hablas por hablar y yo resulta que conozco a mucha gente del alicante, a los implicados

Comentario: claro, todo el mundo que no sea amigo tuyo habla por hablar, ¿no? ¿Y tú sabes lo que pasó, no? Mejor que yo que fui la violada, ¿no? Tú estabas en la ducha mirando, ¿verdad? Pues resulta que el chico este no conoce a los implicados, pero me conoce a mí que soy la violada, así que no pongas en duda lo que saben o no los demás, porque me parece a mí que aquí el que menos sabe de la historia y el que menos pinta aquí eres, precisamente, TÚ.

(22:35) y la chica se ha intentado suicidar 2 veces
xk la han amargado la vida
(22:35) Sergi: y te ha contado la chica que ha intentado denunciar a mas chicos ?
por el mismo tema ?
(22:35) Sergi: que esa tia es una loca … y tiene un historial fino

Comentario: Jeje, sí claro, he puesto cantidad enormes de denuncias. Pregúntale a cualquiera, seguro que tiene una denuncia mía por agresión sexual. Si ya hasta me conocen en la comisaria. Tienen una habitación dedicada especialemente a mis denuncias. Yo llego y ya me dicen: “¿qué, guapa? ¿Una de agresión sexual?”. Pues por mucho que lo niegues, en mi vida tan sólo he denunciado a tus tres amiguitos, y punto. Y por cierto: ¡qué insensatez llamarme loca cuando todo el mundo sabe que estoy como una cabra! No veas…. ¿Mi historial? No te equivocas ahí, no… Estuve ingresada un mes antes de la agresión en la unidad de trastornos de la conducta alimentaria por anorexia y depresión. Ese es mi “historial fino”, como tú dices. Además, no sé como tu amigo se atreve a afirmar que estoy loca, cuando en su declaración niega que supiera que yo padecía una enfermedad que requiere tratamiento psicólogico alguno

(22:44) tranquilo
no voy a hablar mas del tema
(22:46) Sergi: me dejas flipado..de verdad
(22:46) ahora mismo lo voy a decir
(22:46) Sergi: no digas nada
estoy borrando los mensajes
(22:46) pero mi opinion no me la va a kitar nadie
ok pos no digo na
(22:46) Sergi: si lo vuelves hacer te baneo
(22:47) tranquilo
(22:47) Sergi: una persona que no ha sido condenada..y que su imagen publica se esta manchando…vamos, no te lo aviso mas veces…
(22:47)

 

 

    

Comentario: Me recuerdas al gran dictador. “O piensas como yo o fuera del foro”. Y los mensajes sólo quitas los que manchan la imagen de tu amiguito, porque es hombre claro. Mi imagen o mi dignidad da igual como quede. Pues NO, hasta aquí he llegado… lo vuelvo a repetir y no me voy a cansar de decirlo las veces que haga falta: HE ESTADO UN AÑO AGUANTANDO TODAS ESTAS BARBARIDADES Y NO AGUANTO MÁS. Y ahora me baneas, MEIN FÜRHER!

Por cierto, aprovecho este blog para decirle a Jaime que me deje de una vez en paz y que deje de enviarme privados, que ya le he dicho que NO QUIERO QUE SE PONGA EN CONTACTO CONMIGO y que NO QUIERO QUE SE META EN MI VIDA, que no sé qué parte no entiende exactamente, y que no pienso leer sus privados.  

Mañana sigo con tus comentarios, Mein Fürher, que tengo para rato.