No recuerdo bien cómo empezó todo esto. Yo era la niña educada, la niña obediente, la niña buena. Hacía todo lo que me ordenaban, el ojito derecho de los profesores. Era la niña perfeccionista que sacaba sobresalientes y aspiraba a metas casi inalcanzables, y como es de imaginar, corría el riesgo de no ser aceptada por el resto de la sociedad estudiantil, y así era. Era una chiquilla solitaria y marginada, pero no me importaba. Tenía mis estudios, mis libros, mis sobresalientes… y todo aquello me hacía sentir que destacaba sobre los demás, que tenía algo que ellos no tenían, y pensaba que algún día llegaría lejos.
Mientras, las niñas de mi edad iban creciendo y entraban en la etapa de la pubertad. Cambiaban sus muñecas por sostenes, y sus películas de dibujos por revistas para adolescentes. Los amoríos y los chicos se habían convertido en su principal tema de conversación. Y yo, ni siquiera me había dado cuenta de que todo en mi alrededor estaba cambiando, y que yo permanecía inmutable, jugando con mis muñecas y con mi consola. Yo seguía siendo una niña, y no quería crecer aún. ¡No! A mí no me interesaban los chicos, ni los cantantes, ni dibujaba corazones en la libreta de matemáticas. Pero yo era feliz así.
Y fui feliz, hasta que llegó el momento en el que las niñas quisieron demostrar ser “mujeres adultas”, y se apoderó de toda nuestra generación una enorme preocupación por la belleza femenina, el predominio de lo estético. Y, como si de un movimiento sectario se tratase, la ropa, la depilación, el maquillaje, los perfumes y la última moda se adueñaron de las mentes de aquellas jóvenes. Y yo, hasta entonces, jamás le había dado nada de importancia a mi físico. Vestía con mi pantalón de chándal, mi camiseta de algodón con el nombre de alguna ciudad, y me recogía el pelo todo peinado para atrás. Me habían salido ya un par de granitos en la cara, aunque mi cuerpo era todavía el de una niña. Me gustaba comer, era mi placer, y mi cuerpo aprovechaba esas calorías en forma de grasa acomodada en mi cintura. No, no tenía un físico espectacular, de eso no había ninguna duda, pero me aceptaba tal y como era. Sin embargo, pronto mi propia aceptación comenzó a torcerse, frente a la necesidad de introducirme en aquel nuevo mundo tan desconocido para mí.
Tenía trece años y pronto iba a comenzar el institituto. Iba a cambiar de centro y eso suponía que íbamos a compartir clase con mucha gente que no conocíamos aún, y esa idea nos hacía estremecer ilusionadas. Era frecuente escuchar los típicos “¡qué bien lo vamos a pasar cuando entremos en el instituto!”. Y yo lo creía. No tenía miedo porque aún confiaba en mí, no me avergonzaba ser la niña modelo que siempre había sido, y creía, realmente estaba convencida, de que sería una de las mejores épocas de mi vida. ¡Qué equivocada estaba!
Cuando llegué a aquella cárcel de adolescentes testoteronizados y estrogenizadas hasta las orejas, rebeldes conformistas, ídolos de masas… Todo el mundo parecía ser un clon de otro. Eran crueles, y no era de extrañar, tan sólo imitaban a sus superiores, tan sólo se comportaban como lo hace normalmente medio mundo. Eran niños jugando a ser adultos, lo que ellos consideraban “rebeldía” no era más que una ligera similitud de las cosas que hacen las personas “maduras”. No asistían a clase, se besaban quince minutos con alguien en cualquier portal, fumaban tabaco y porros, bebían, se quejaban, gritaban, todo el mundo sabía hacer bien su papel.
Y en medio de todo eso, me había quedado yo. Para mí todo eso era totalmente nuevo, desconocido. El mundo había cambiado de repente de la noche a la mañana y me había pillado desprevenida. Me había convertido en el típico ratón de biblioteca solitario, siempre al margen, siempre con mis libros de vete tú a saber qué cosas, rara, introvertida, niña de pocas palabras, inocente e indefensa. Una persona débil que se reconoce tan a simple vista es un blanco perfecto para cualquier persona sin valores morales… y !oh la la! ¡estábamos en el instituto! Sabía que si no hacía lo que me pedían me insultarían y yo me sentiría mal. Me llamarían GORDA, o GORDA DE MIERDA, o me soltarían con: “a ver si adelgazas, vaca”. Y el resto de la clase reirían como si les hubiesen contado el chiste de su vida. No podía permitir sentirme humillada de esa manera, así que me convertí en la típica niña que siempre hacía los deberes de todos, que siempre prestaba los cuadernos, la que permitía que le copiasen los trabajos.
Yo era consciente de que se estaban aprovechando de mí, y no me gustaba. Así que pensé que quizá si adelgazaba un poco dejarían de meterse conmigo, dejaría de ser la niña ridícula y hortera que era, incluso puede que me hicieran un hueco en ese mundo. Tenían razón en una cosa: estaba gorda. Ya no estaba conforme con mi aspecto físico, no me sentía bien. No me gustaba. Estaba decidia a cambiarme.
Empecé con el almuerzo: si antes almorzaba algún bollo o algún bocadillo, lo sustituí por zumos sin azúcar. Se acabó el picar entre horas, se acabaron los refrescos que no fueran light. Pero el tiempo pasaba y no estaba perdiendo los kilos que yo quería perder. Había que tomar una solución más radical, así que eliminé completamente el almuerzo. Vestía con prendas anchas y oscuras, para disimular mejor las imperfecciones de mi cuerpo, para no sentirme avergonzada. Me miraba en todos los espejos, como si por arte de magia un día alguno de ellos me fuese a devolver la imagen que yo esperaba. Pero siempre veía a la misma muchacha rellenita que odiaba, siempre el mismo cuerpo. Me escondía en la biblioteca y hacía una lista de todo lo que había comido, las calorías, lo que había perdido, los ejercicios que había hecho. La comida se había apoderado de mi pensamiento. Mi obsesión.
No. ¿Por qué no me veía más delgada? Era de extrema urgencia eliminar otra comida. ¿La cena? Perfecto. Tenía que ser fuerte y soportar el hambre, demostrar que podía hacerlo. Autoexigencia sobre todo, no aceptaba cometer ningún error, me negaba a fracasar. Si tenía hambre, bebía agua (dos o tres litros de golpe eran suficientes para no sentir esa horrible sensación), o mascaba chicle, cualquier cosa que me mantuviese entretenida. Cremas anticelulíticas, mallas reductoras, bolsas de plástico debajo de la ropa para sudar,… cualquier cosa era válida.
Mi régimen diario era un café solo y con sacarina por las mañanas y un plato pequeño de lo que fuera al mediodía. Deporte, abdominales, flexiones, ir a todos los lados corriendo y sobre todo, no permanecer inactiva. Estaba completamente obsesionada, pero me pasaba casi todo el día estudiando sola, y no tenía amigas íntimas que pudiesen notar nada, así que no llamaba la atención. O eso creía yo …
Algunas personas empezaron a preguntarme cosas sobre mi aspecto : “¿estás bien?”, “¿comes bien”, “¿cómo has adelgazado tanto?”. Algunos profesores me detenían en el pasillo, o a la salida de clase, y me comentaban que les parecía que había perdido mucho peso, que se me notaba decaída, que si comía, que si de verdad estaba comiendo… Yo siempre les sonreía, y les decía: “estoy bien, gracias, de verdad, por supuesto que como”. Y esos interrogatorios, en el fondo me hacían sentir feliz, porque sabía que por fin mis esfuerzos habían servido para algo… y que tenía que seguir así, conforme lo estaba haciendo. Un círculo vicioso del que ya no podía escapar.
Y pronto empezaron los mareos, las pérdidas de conocimiento, el frío…. siempre hacía frío. Pero yo seguía odiando mi cuerpo, odiándome a mí. Cada espejo se convertía en mi cárcel. En los últimos meses ya había dejado de relacionarme socialmente. Me daba vergüenza que me viesen, y solía refugiarme en casa, en mi cuarto, sola. No hablaba ya casi, pues temía obtener una burla o un insulto por respuesta, y tan sólo era capaz de decir “sí”, y “no”, y quizás un “vale”. Ya era demasiado tarde…
No podía seguir fingiendo… ya se notaba demasiado. Perdía el sentido y caía desplomada al suelo. Hasta que un día mi madre me llevó engañada al médico, alegando que se preocupaba por mis constantes desmayos. Aquella consulta se me quedó grabada en la cabeza:
- Médico: ¿Qué ocurre?-
- Yo: Es que… me mareo -
- Médico: Yo también me mareo….-
- Yo: Pero yo me desmayo y me caigo al suelo -
- Médico: ¿Caes al suelo? ¡Qué fuerte! Pues no sé…. te mandaré unos análisis a ver si te falta hierro -
Mi madre intervino: No come, bebe muchísima agua, se fija en las calorías de todas las comidas, siempre está mirando la información nutricional de todos los paquetes,…
- Médico: ¿eso es cierto?
- Yo: no.
- Médico: ¿qué comes? (Se sacó un cigarro y lo encendió) Por ejemplo, dime qué comiste ayer.
- Yo: ayer… desayuné un café, comí un plato de arroz y cené una pechuga de pollo a la plancha.
- Médico (mirando a mi madre): A mí me parece una comida normal…
- Mamá: ¡Ayer fue un extra!
- Médico (a mi madre): Bueno, si vemos que sigue así y se sigue mareando, la traes otra vez. Yo le mando unos análisis.
Salí de la consulta y lo primero que pensé fue cómo mi madre había sido capaz de hacerme eso. Ahora, jamás conseguiría mi meta, ¿cómo podía haberme engañado mi madre de esa manera? Me enfadé, me enfadé tanto que le dije entre gritos y lágrimas que no volvería a comer nunca más, y que no pensaba volver al médico en mi vida. Bueno, la verdad es que para que me atendiera ese proyecto de persona sin vocación preferiría que me atendiese un mono con bata, pero bueno, ineptos hay en todas partes, y si no fijémonos en mein Führer…. XD.
A partir de ahí, tengo que reconocer que todo me fue mejor. La gente parecía más simpática, o al menos, no tan cruel. Ya me trataban como a una persona normal. Sin insultos, sin risas, sin burlas. Era obvio: mi plan había empezado a funcionar. ¡Y de qué forma! Mis compañeras me preguntaban frecuentemente qué tenían que hacer para perder peso, pero yo nunca les decía nada, porque no quería que se adueñasen de mi secreto, de lo que yo había descubierto, de mi tesoro. Me sentía como si nada pudiese pararme, que podía conseguir todo lo que me propusiera. Y dentro de mí, me repetía constantemente: “Esto no ha hecho más que empezar”. Y estaba convencida de que tenía que seguir para adelante, que había descubierto la forma de ser perfecta, de conseguir el éxito. Era feliz. Había logrado controlar el hambre, y el mundo me había premiado, la sociedad me aceptaba, no por ser inteligente, ni por ser buena persona, ni por no discutir con nadie… la sociedad me aceptó porque había adelgazado. Hagamos un inciso: no estoy hablando de las pasarelas, ni del mundo de la moda, ni de Hollywood. Estoy hablando del mundo normal, de la sociedad normal, de tu tía, de la vecina del primero, del panadero, de la Mari, del cuñao de la Mari… La gente normal me aceptó por un cambio de físico. ¿Quién favorece los trastornos de la conducta alimentaria? ¿Cibeles tiene toda la culpa?